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Llegué aquí una fría madrugada de diciembre. Los primeros libros que llegaron a mis manos me mostraron la magia de la imaginación y la belleza de las palabras. Más tarde, despertaron en mí la necesidad de plasmar éstas en nuevos relatos. La música me enseñó otra forma de ver la vida y, aunque no sé cantar, disfruto mis ratos libres escuchándola. Estas tres pasiones y disfrutar con la gente que me quiere son los pequeños placeres de mi vida. Me gusta fijarme en los pequeños detalles, ya que son los que le dan un toque personal a las cosas, e intento introducirlos en todo lo que hago, incluidos los relatos. Me gusta andar aunque no sepa a dónde voy o vaya sin rumbo fijo, creo que perderse es una buena forma de conocer otros lugares. Disfruto nadando, aunque no tenga el suficiente tiempo para ello, ni la playa muy cerca. Me considero una persona sencilla, no necesito gran cosa para ser feliz. Me gusta hacer las cosas de manera original, pero no destacar. Y estoy aquí porque necesito sacar las pequeñas ideas que pasan por mi cabeza.

viernes, 21 de septiembre de 2018

Un café y me lo cuentas

 Marina salió de trabajar a las cinco de la tarde.
- Sí, sí vale. - Dijo hablando por teléfono. - ¿Has dicho a las diez?... ¿Te viene bien a y media? - Prosiguió cruzando la calle. Giró a la izquierda y entró en la cafetería. Era un sitio pequeño con grandes ventanas y mesas cuadradas, de dos o cuatro personas. Estaban a la derecha al entrar, a la izquierda había una máquina de tabaco, los aseos y la barra. 
- Hola, ¿qué va a tomar? - Le preguntó el camarero acercándose a ella.
- Vale, a menos cuarto. Espera un momento. - Tapó el micrófono y se dirigió al camarero. - Un bombón, por favor. - El camarero volvió a la barra y ella continuó su conversación. - Perfecto, yo hablo con Tamara y Lorenzo.
El camarero le trajo el café.
- Gracias.
Le sonó un WhatsApp, era de Carlos.
"Necesito verte. Es urgente."
Marina terminó su café y llamó a Carlos.
- Hola, ¿qué pasa?
- Necesito hablar contigo, en persona. - Le respondió Carlos serio.
- ¿Va todo bien? - Le preguntó preocupada.
- No Marina. Tenemos que hablar. ¿Te viene bien mañana?
- Sí, claro.- Le dijo sorprendida, y se hizo un pequeño silencio.- Carlos, te quiero.
- Mañana hablamos.

Al día siguiente, Marina se fue a trabajar. Pasó toda la mañana nerviosa por el mensaje y la conversación con Carlos. No consiguió centrarse. Esa tarde Carlos y ella quedaron en el piso de Carlos. 
- Hola. - Le dijo Marina, y se acercó a él para besarlo pero Carlos se apartó. - ¿Qué pasa?
- Esto ya no funciona. - Dijo dejando su taza de café en la encimera.
- ¿Qué? ¿Por qué dices eso?
- Marina... Ya no nos tocamos, casi no hablamos y... No sé, ya no siento lo mismo.
- Pero... Yo pensaba que estábamos bien. - Estaba muy confusa después de lo que él le había dicho.
- Lo siento, pero no. He intentado arreglarlo, pero ya no siento nada. Lo que teníamos se ha convertido de nuevo en una amistad.- Le dijo sinceramente.
-¿"Amistad"? Tu... ¿Me consideras solo una amiga? - Estaba muy sorprendida.
- Ahora mismo sí. Lo siento.
- Pero ¿desde cuándo? ¿Por qué no me has hablado antes de tus sentimientos?
- ¿Cuándo? Estás todo el día trabajando. - Le reprochó.
-  Eso...- Respondió desconcertada. - No es verdad.
- Marina lo siento. Esto no puede continuar.
Carlos la estaba dejando después de dos años de relación, sin ninguna discusión. Le dio un beso en la mejilla y le hizo un gesto para que se marchase. Ella bajó las escaleras pensando en qué había pasado, pero no logró entenderlo.

Marina volvió a la cafetería la tarde siguiente. Había quedado allí con su amiga Lorena.
- Hola. - Le dijo Lorena sentándose enfrente. - ¿Qué te pasa? Te noto rara.
- Carlos me ha dejado. - Le contestó con un hilo de voz, mirando su  café.
- ¿Qué? ¿Por qué?
- Dice que ya  no siente lo mismo, que me ve como una amiga.
- ¿Una "amiga"? ¿Después de dos años? - Le dijo dando a entender que no era muy creíble.
- Eso pienso yo.- Dijo recuperando su voz.- A ver, es verdad que últimamente no hemos estado muy "cercanos", por decirlo de alguna manera.
- Vamos que hace tiempo que no... - Insinuó refiriéndose al sexo.
- Exactamente. Pero de ahí a dejarlo... - Empezó a temblarle la barbilla.- No sé, pensaba que no estábamos tan mal. Es que no lo entiendo. - Le dijo mientras se enjuagaba algunas lágrimas. - Yo... Lo quiero.
- Lo siento mucho Marina. - Le dijo Lorena tocándole el brazo. - ¿Sabes si... Hay alguien...?
- ¿Qué? - Preguntó Marina. No se le había pasado esa idea por la cabeza. - No. No, no creo. - Respondió negando con la cabeza. - Él no... - Marina bebió un trago de su café.- ¿Y si es que ya no le gusto? Ya sabes... Físicamente. 
- ¿Qué? No digas tonterías Marina. - Le dijo Lorena, eso no tenía mucho sentido. - Tienes un cuerpo estupendo. - Marina se miró las piernas y fue subiendo la mirada rápidamente hasta los pechos. - No te rayes, - siguió Lorena, - eres muy atractiva. Si te viera en un bar y no te conociera, intentaría ligar contigo.
- No sé, es que... No me esperaba esto de Carlos. - Todavía lo estaba asimilando. - Es que llevábamos dos años, joder. Y ni siquiera sabía que estábamos mal.- Dijo removiendo lo que le quedaba del café con la cucharilla.
- Los tíos son así, por eso a mí no me van.- Le dijo.- Entre nosotras nos entendemos mejor.
- Bueno, ¿y tú qué tal?
- Bien, un poco agobiada con el curro.- Le respondió.- ¿Sabes lo que deberíamos hacer? Salir.- Marina se rio.- Lo digo en serio, salir una noche y despejarnos las dos un poco.
- Sí, estaría bien.

Ese sábado salieron las dos a cenar algo y después se fueron de copas. Marina fue haciéndose a la idea de que Carlos ya no formaba parte de su vida. La tristeza se fue paulatinamente y dio paso a otros estados de ánimo: la calma, la paz, la felicidad,... Entre café y café logró superarlo.

viernes, 31 de agosto de 2018

Carta de un cobarde

No merecía tu aprecio, lo sé. Sé que no me porté bien contigo, que fui un cobarde. Podría decirte que me entró miedo, que se me fue la cabeza, que olvidé nuestros planes. Podría decirte que pensé en dejarlo para más adelante, porque en ese momento estaba ocupada con otras cosas. Mis cosas. "Mis" y no "nuestras", y sé que debí ocuparme de ambas al mismo tiempo, pero no pude. Las circunstancias me superaron y no supe ver el "nosotros", solo veía el "yo" y el "mí". Y cuando me di cuenta, cuando intenté retomar el "nosotros", tu ya no estabas y solo estaba el "yo".

Lo siento. Te lo digo y te lo repetiría una y mil veces, aunque supongo que estas palabras llegan demasiado tarde. Ahora me doy cuenta de que nos faltó una conversación para explicártelo todo, ahora sé que es tarde. Podría echarles la culpa al tiempo y las circunstancias que nos rodeaban por aquel entonces. Podría ponerte mil excusas, pero me estaría engañando, y lo peor: te estaría engañando a ti. Por eso te reconozco que la culpa fue mía, por poner mil cosas entre tu y yo. Por ser cobarde y no querer afrontar la realidad. Y te pido perdón. Por fallarte, por no estar ahí cuando me necesitabas, por mirar hacia otro lado y no hacia adelante. Sé que no supe estar a la altura de las circunstancias. Me acobardé, me sentí pequeña y no supe reaccionar. 

Me olvidé de ti, me olvidé de mirar a mi alrededor y de decirte lo mucho que te quería. Quise ser fuerte y levanté muchas piedras, pero a la hora de dejarlas no presté atención y las puse entre los dos. Separando así nuestros caminos. Me centré en mí y no supe quererte, o al menos demostrártelo. Fui egoísta, lo sé, y por eso te pido perdón. Reconozco también que me centré tanto en mí que descuidé nuestra relación. Mientras tu te esforzabas en recrear la magia, en avivar la llama y pasar más tiempo juntos, yo me sumergía en mis propios pensamientos, olvidándome así del "nosotros". No supe compaginar el "yo" y el "nosotros", desequilibré la balanza. Y mientras tú me esperabas con la mesa puesta (velas incluidas), yo iba al McAuto a por un menú individual. 

Fui cobarde, y cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo ya era tarde. Era tan tarde que ni siquiera me atreví a llamarte para darte explicaciones. Dicen que con el tiempo las aguas se calman, y eso hice yo, dejar pasar el tiempo. Pero se me olvidó poner la alarma en el móvil, y pasó tanto tiempo que nos alejamos, nos perdimos, y se me olvidó pedirte perdón. Y es por eso que te lo pido ahora, que te pido perdón. Por fallarte, por no pensar en el "nosotros", y solo pensar en el "yo".

domingo, 26 de agosto de 2018

En otro rostro, en otras manos, en otro tiempo

-¿Y si volvemos a encontrarnos? ¿Y si nos vemos en otro rostro, en otras manos, en otro tiempo? ¿Cómo me reconocerás? ¿Cómo podré advertirte entre la gente, entre la multitud? - Me preguntó al darse cuenta de que había acabado el verano. - Si tu vas en línea recta y mi camino de vuelta lleva curvas, ¿cómo nos aseguraremos de llegar al mismo sitio?
- No puedo cambiar mi itinerario - le respondí intentando que me comprendiera. - Yo debo seguir el camino ya trazado, me esperan en cada stop, y no puedo llegar tarde a mis citas.
- Entonces ¿no volveremos a encontrarnos? ¿No habrá más noches en la playa, ni más caminatas matutinas?
- No. Ya no. Tal vez en un futuro, en otro tiempo,... Nos veamos en otros ojos, nos rocemos con otras manos  y sigamos sintiendo lo mismo. - Le respondí. - Esto no tiene porqué ser un "adiós", puede ser un "hasta luego".
- ¿Un "hasta luego"? - Me preguntó. Creo que no me entendía en ese momento. - Dices que te vas, que te esperan en cada esquina y cada puerto. Tal vez no volvamos a encontrarnos, y si lo hacemos, posiblemente no nos reconoceremos.
- Sí lo haremos.- Le respondí serena.- Prometo guardar tu mirada en mi retina, tu sonrisa, en mi corazón, y tus besos, en mi piel. Prometo guardar tu recuerdo, tu olor. He memorizado cada milímetro de tu cuerpo, - le confesé - de manera que cuando volvamos a vernos, me será fácil reconocerte.
- ¿Y me harás saber que estás aquí? - Me preguntó. - Si algún día vuelves, con otro rostro, con otras manos, y no consigo reconocerte ¿me dirás que eres tú? ¿Me avisarás cuando estés a mi lado?
- Por supuesto. - Le respondí. - Si algún día volvemos a cruzarnos te mantendré la mirada hasta hacer que me mires fijamente. Si no lo consigo, intentaré rozar tus dedos con los míos. Prometo observar tus labios, pero no besarlos.
- ¿Por qué no? - Me preguntó casi riendo.
- Porque para ti seré una extraña.- Le respondí. - Esperaré a que me recuerdes, y cuando vea que empiezas a hacer memoria, te obsequiaré con el ansiado beso, pero solo cuando empieces a recordar.
- ¿Y si tú tampoco te acuerdas de mí? ¿Qué pasará si volvemos a vernos y no sabemos quiénes somos?
- Entonces tu volverás a llamarme la atención, como lo hiciste el día que se me cayó aquel libro y tu me lo devolviste. - Le respondí. - El destino te pondrá en mi camino, y yo me fijaré en ti. - Él quedó pensativo.
- ¿Y si ya has encontrado a otra persona? - Me preguntó. Me quería, y yo lo sabía, pero estaba lleno de dudas.
- Sé que no me conformaré con otro que no seas tú. - Le respondí. - Pero también sé que antes de conocerte tenía un camino trazado. Unos planes y responsabilidades que ahora, al acabar el verano, me esperan y debo retomar. No puedo permanecer aquí por más tiempo, pero tampoco quiero dejarte.
- Nuestros caminos se separan. - Me dijo. - Yo también debo irme, pero en dirección contraria. ¿Qué haremos cuando llegue el frío invierno y estemos tan lejos que no podamos darnos calor?
- Cuando el hielo toque nuestros pies, lo combatiremos con recuerdos y tazas de chocolate caliente. - Le respondí.- La llamadas telefónicas sustituirán a los whatsapps, y los vídeos y fotos, a las imágenes mentales.
- No será lo mismo.- Me dijo medio convencido.
-Deberemos aguardar.- Le insistí.- Sabes que no podemos permanecer juntos, pero nos acostumbraremos a esta nueva situación. - Le dije cogiendo sus manos entre las mías, lo que le obligó a mirarme a los ojos. Vi mi mirada reflejada en sus ojos, y también vi en ellos el amor que me profesaba. Lo estaba pasando mal. No quería separarse de mí, ni yo de él, pero el verano se acababa. Él debía volver a su universidad y su trabajo en la cafetería, y yo debía volver al banco a atender a mis clientes en ventanilla.
Me acerque a él, apoyé mis labios en los suyos y los presioné, besándolo. Besándolo como nunca lo había hecho. Sentí su calor en mis labios. Me acarició la nuca con sus manos y deslizó sus dedos por mi espalda. Le quité la camiseta y le acaricié la espalda. No quería que se fuera, y acabó sentado en mi cama, conmigo a horcajadas sobre él. No sé cómo sucedió pero en cuestión de minutos acabamos en ropa interior.
Recordé cómo había empezado todo y me centré en su piel, quería memorizarla. Recorrer sus lunares, unirlos con una carretera de besos. Explorar sus pliegues con mis dedos, y que él hiciera lo mismo con mi cuerpo. Quería que recorriese mis curvas y explorase todos y cada uno de mis orificios. Quería que me conociera por dentro y por fuera, que tuviese también un recuerdo exacto de mí. Y eso hicimos, recorrer y explorar nuestros cuerpos una vez más, hasta que quedaron plasmados en nuestras memorias, por si volvíamos a reconocernos más tarde, en otro rostro, en otras manos, en otro tiempo.

viernes, 27 de julio de 2018

Lágrimas irrefrenables

Lágrimas irrefrenables corrían por sus mejillas. Habían brotado de sus ojos hacía ya un buen rato, pero no se dio cuenta de que estaban allí hasta ese momento. Eran pequeñas gotas que se deslizaban  como un río se desliza por un arroyo. Con fuerza, con rabia, con impotencia. No lo podía controlar, o no quería. Las había reprimido durante mucho tiempo. Había estado ocupado con otras cosas, mirando otras escenas, observando su alrededor, mirando siempre hacia fuera y hacia los demás.

Había pasado tanto tiempo que ya no sabía por qué lloraba exactamente, solo sabía que sentía una pena muy grande en su interior, un dolor inexplicable sin razón alguna. Era intermitente, llegaba cada X tiempo y no solía durar mucho. A veces se iba solo, y a veces necesitaba alguna distracción que le acompañara para terminar de marcharse. No sabía a qué se debía, sólo sabía que era algo emocional, intangible y difícil de explicar.

No se curaba con medicinas ni remedios naturales. Era un pequeño dolor que solía aparecer con forma de pinchazo en el pecho, y solía aliviarlo con salidas nocturnas. Acostumbraba a calzarse las deportivas en la madrugada, anticipándose a la salida del sol. Corría bajo la fría aurora matutina. No había mucha gente, por no decir casi nadie, corriendo a esas horas, y eso le ayudaba a pensar. Saliendo de madrugada se aseguraba poder ver la salida del sol, recibir sus primeros rayos, y eso para él era relajante.

Esos últimos días habían sido difíciles. Se había centrado en su trabajo, y ahora que por fin tenía vacaciones, se sentía vacío. Los primeros días habían estado bien, le habían servido para desconectar, dormir, relajarse,... Pero ahora eso se había convertido en una rutina aburrida, una rutina solitaria, y ya no sabía cómo cambiarla. Tenía un vacío en su interior que no sabía cómo llenar. La gente de su alrededor avanzaba y hacía cosas grandes, pero él sólo conseguía dar pequeños pasos muy de vez en cuando. Y aunque quería correr, y calzaba zapatillas deportivas, sentía que algo se lo impedía. Era como si a cada paso que daba retrocediera dos de golpe, y eso le hacía estar aún más lejos de sus propósitos.

No era un hombre ambicioso, ni tenía grandes planes de futuro, pero tampoco le gustaba quedarse quieto, y había llegado a un punto en el que no sabía qué camino tomar. Quizás a eso se debía su pequeño dolor, a que se había perdido en el camino, se encontraba desubicado y sin saber por dónde tirar. Había ido trazando un itinerario a seguir durante toda su vida, sin sobresaltos ni decisiones de última hora, hasta ese momento. No le quedaban ases bajo la manga ni planes que cumplir, y eso le hacía sentir un poco vacío. Se había quedado sin ocupación, y él no era un hombre de andar mano sobre mano, ni de encomendarse a Dios ni al diablo. No le gustaba aguardar a que pasaran las cosas, prefería dejarlo todo bien atado, y ahora se había quedado sin nada que anudar.

Necesitaba soltar su rutina al menos por un instante, desprenderse de todo lo que le ahogaba, y empezar a llenar ese vacío interior que sentía en el estómago. Corriendo bajo la fría aurora se dio cuenta de ello. Soltó su rabia, su impotencia, y por un instante se olvidó de ese pinchazo que a veces aparecía en su pecho. Intentó secarse la mejillas con los puños de su sudadera, pero nada más enjuagarse los ojos, volvieron a aparecer nuevas lágrimas irrefrenables.

domingo, 3 de junio de 2018

Se acabó el yogurt, y yo no quise tirar el envase, aún sabiendo que era de plástico

No eran sus ojos, no eran sus manos, no eran sus labios, no era su pelo. Ya no. Ya no era su olor, ya no era su mirada, ya no era su voz, ya no era su sexo. Se había ido. Había recogido sus cosas, había cerrado la puerta de un portazo, y creo que había tirado la llave. Y digo "creo" porque después del portazo oí el tintineo en el suelo, y un sonido rasposo me hizo pensar que algo metálico se deslizaba por el mármol de la entrada. Esperaba que la recogiera. Que se diese la vuelta y la metiera en la cerradura, pero no fue así. El tintineo cesó, y se oyeron pasos a lo lejos. Se había marchado.

No salí. No le detuve. No le di ninguna razón para quedarse. No me dijo a dónde iba, y yo tampoco se lo pregunté. Creo que no terminé de creérmelo en ese momento. Pensé que había sido una discusión más y que había salido a tomar el aire y despejarse. Pensé que volvería, como siempre, un par de horas después. Solía salir a pensar y reflexionar fuera, y creí que en eso iba a emplear su tiempo esa vez. Que tiró la llave por una rabieta, pero que regresaría a cogerla antes de que alguien se la llevara o que él mismo olvidara dónde la había dejado.

No se despidió de mí ni me dejó una nota. Se fue sin más, sin hacer ruido. No llegamos a discutir, ni hubo ningún motivo que nos separara definitivamente, pero tampoco hubo ninguno que nos uniera o que nos recordara por qué habíamos estado juntos tanto tiempo. Y eso me confundió tanto que pasé de la tristeza al desconcierto en cuestión de segundos. Necesitaba respuestas y ya no tenía a quién hacerle las preguntas. Le di vueltas. Miré el reloj cada cinco minutos pensando que debía estar sumido en una reflexión muy profunda, o que le estaba costando tomar la decisión adecuada.

Pero esa vez no fue a reflexionar, y no me di cuenta hasta unos días después. No estaba meditando sobre ninguna decisión, la tomó en el mismo momento en que salió por la puerta. Ya no era la misma persona. Cambió. O cambié, no lo sé. Solo sé que lo intentamos y algo salió mal. O simplemente dejó de funcionar. Tal vez lo nuestro tuviera una fecha de caducidad desde el principio y nos empeñáramos en no verla. O más bien "me empeñé". Se acabó el yogurt, y yo no quise tirar el envase, aún sabiendo que era de plástico.

No me dio ninguna explicación, pero en el fondo no la necesitaba realmente. Las miradas de los últimos meses me lo habían dicho todo, y sus manos, su piel, su cuerpo, por el contrario, no me habían dicho nada. Ya no había conversación verbal entre nosotros, y la no verbal dejaba mucho que desear. Era fría, y yo necesitaba calor. Intentaba encender la llama, que volviera la chispa, pero en su corazón ya no quedaba leña, y yo, sin querer, estaba humedeciendo el suelo. Se me olvidó que no era compatible mi agua con su fuego.

Mi cabeza me decía que si había sido así esos últimos meses era porque su cuerpo ya no tenía nada que decirme, pero mi corazón estaba esperando el último (o en su caso, primer) alegato que le permitiera volver. 

Y aunque yo había sido siempre el Pepito Grillo que le aconsejaba a mis amigas no esperar ni dar segundas oportunidades, me costaba (o negaba a) creer que esta vez se iba sin ninguna explicación, y era yo quien no quería dejarle ir. Y lo peor de todo era que estaba totalmente dispuesta a dejarle volver, es más, estaba convencida de que le recibiría con los brazos abiertos. De lo que no estaba convencida, y debía hacerme a la idea, era de que él ya no quería (ni querría jamás) esos brazos. Y eso, aunque me costaba admitirlo, me dolía. Mucho. Se acabó el yogurt, y yo no quise tirar el envase, aún sabiendo que era de plástico.

sábado, 28 de abril de 2018

Hermana, yo sí te creo

Últimamente todo el mundo habla del caso de "la chica de la manada". Es un caso que ha levantado ampollas, primero, por los hechos, o más bien por el hecho de que cinco hombres hayan violado a una joven y sólo hayan sido condenados por agresión. Y segundo porque en el propio juicio se han juzgado más la actitud y reacciones de la víctima que los hechos realizados por los agresores/ violadores. Llegaron a ponerle un detective a la víctima para ver si después de la violación continuaba con "su vida normal" en vez de basarse en los vídeos que difundieron los violadores que contenían sexo explícito y en los que se veía claramente cómo humillaban a la joven.

Este caso ha sido muy mediático y ha provocado reacciones en las redes sociales y manifestaciones dentro y fuera de España. Miles de mujeres han salido a la calle para protestar en contra de esta sentencia, y para poner de manifiesto que esto no se puede consentir, y es que el promedio de violaciones en España es de 4 al día, 1 mujer es violada cada 8 horas, y las autoridades no hacen nada por evitarlo. Nadie nos protege, al contrario, prefieren mandar el mensaje de "no deberías ir sola a estas horas de la noche, porque te pueden violar " hacia las mujeres antes que decirles a los hombres "si ves a una mujer por la calle, no la toques". Prefieren prevenir y advertir a las posibles víctimas antes que concienciar a los posibles culpables, y sinceramente, creo que éste es el verdadero problema de la violencia sexual y física hacia las mujeres. Se advierte a la posible víctima (que es INOCENTE) y no al posible agresor ( que es el ÚNICO que DECIDE si se produce o no la AGRESIÓN).

Cuando entramos en una clase de infantil, de primaria,... Y las niñas y los niños van a salir al patio les recordamos (a ambos) que no deben pelearse ni pegarse entre ell@s, les damos instrucciones para evitar que algun@ venga a decirnos: "seño/profe, X me ha pegado". Y si esto pasa, si un menor viene a decirnos que le han hecho daño, vamos en busca de la persona agresora, le reñimos y le castigamos ¿no? Es así de simple, nos han dicho que le han pegado y castigamos al culpable aún cuando algunas veces estas agresiones no dejan moratones ni arañazos. Esto se entiende ¿no? Entonces, ¿por qué cuando una víctima de violación (en vez de un menor al que le han pegado) viene a decirnos que le han hecho daño, en lugar de buscar a la persona agresora y castigarle, buscamos un resquicio que nos haga desacreditarla o culpabilizarla de lo que le ha sucedido? Yo entiendo que los delitos hay que probarlos pero si tiene síntomas claros y el valor suficiente como para denunciarlo ¿por qué las autoridades no la ayudan? ¿De qué les sirve pagar anuncios en los que animan a las víctimas a denunciar estas agresiones si, cuando lo hacen, ponen su testimonio en duda y las culpabilizan? Mandan un mensaje y lo contradicen con sus sentencias judiciales. Nadie nos protege, nadie ayuda a las mujeres en estas situaciones. 

Nada se puede hacer ya por los varones adultos a los que han educado para creerse con derecho a hacer estas cosas, pero si con los adolescentes y los niños, por eso me gustaría pedirle unas cosas a la sociedad:

La primera, que DEJEMOS de mandar el mensaje "NO salgas de noche, NO vuelvas sola, NO te vistas así,... Que te pueden VIOLAR " a las NIÑAS y MUJERES. 

La segunda, que EMPECEMOS a mandar mensajes como "DEBES RESPETAR a las NIÑAS y MUJERES", "NO es NO", "que una MUJER vaya SOLA  NO significa que PUEDAS TOCARLA o ACOSARLA", "NADA justifica una AGRESIÓN", "ELLA se PUEDE VESTIR como QUIERA", "SOLO la palabra SÍ implica CONSENTIMIENTO",... a los NIÑOS y HOMBRES. A los hombres porque por estadística (algunos) son los violadores, y a los niños porque, desgraciadamente, serán posibles violadores en un futuro.

Dejemos de culpabilizar a la mujer y empecemos a responsabilizar al agresor, que es el verdadero culpable.


PD: Probablemente este texto no cambiará nada, así que, ya que no nos están protegiendo, quiero dejaros la receta de un spray que me ha pasado una amiga, por si alguna lo quiere usar.


jueves, 5 de abril de 2018

Pásame la botella

Seguro que has leído el título de esta entrada cantando. Es una frase muy conocida pero hoy no vengo a hablaros de esta canción sino del problema que hay entre los adolescentes y el alcohol. El problema que aparece cuando son estas personas, los adolescentes, los que se "pasan la botella".

El alcohol es una sustancia compuesta por: carbono (C), hidrógeno (H) y oxígeno (O) que deriva de los hidrocarburos y lleva en su molécula uno o varios hidróxidos (OH). Su composición química es CH3CH2OHSe produce mediante una fermentación de azúcar y levadura. Durante ésta el almidón y el azúcar se convierten en dióxido de carbono y alcohol etílico, la base de toda bebida alcohólica, por ejemplo del vino (con un 13%) o la cerveza (con un 5%). En los licores el porcentaje es más elevado, asciende hasta al 50%.

El etanol o alcohol etílico (el usado en bebidas alcohólicas) es un líquido incoloro, inflamable y volátil. Tiene su punto de ebullición a los 78ºC. Además es miscible con el agua en cualquier proporción.

Ahora que ya sabemos qué es el alcohol vamos a ver las estadísticas sobre los menores que lo consumen. El consumo de alcohol se suele iniciar a los 13 años, en el tiempo libre de estos adolescentes y en las relaciones sociales entre ellos. De hecho el 75,1 % de los adolescentes de entre 14 y 18 años han consumido alcohol y algunos de ellos se han emborrachado en el último mes.
Las chicas lo hacen con más frecuencia pero son ellos los que antes se emborrachan. Por otra parte, éstos no consideran que consumir alcohol los fines de semana sea un problema para su salud. Cosa que está comprobada científicamente ya que produce efectos negativos en su salud física, psíquica y social e influye en su desarrollo (que se da al mismo tiempo que están consumiendo), y  hace, a su vez, que sean más propensos a  depender de esta sustancia en un futuro.

Los jóvenes aseguran que es fácil compra alcohol en los comercios chinos, reconocen que ni siquiera les piden el DNI, aunque los comerciantes lo niegan, ya que saben que esto es ilegal. Aunque esta información la apoya una encuesta realizada a los propios adolescentes que señala que el 61,80% compran alcohol en los supermercados y un 57,7% consumen alcohol en bares o pubs, pese a que su venta a menores está prohibida. El precio de las copas consumidas en establecimientos oscilan entre 4-5 euros, y los chupitos, 1 euro. Las botellas, por el contrario, son más caras. En los comercios chinos los precios rondan los 12 euros y en los supermercados oscilan entre 2- 4 euros los licores y entre 4 -70 euros las botellas.

Los adolescentes aún no han llegado a la madurez psicológica y esta sustancia hace que les sea más difícil manejar  ciertas sensaciones, disminuye la atención, la capacidad y tiempo de reacción, y dificulta la toma de decisiones. Además puede provocar actitudes violentas y agresivas en los menores que dificulten las relaciones sociales, la concentración para estudiar, que puedan poner en riesgo las habilidades para manejar vehículos, incluso puede llevar a dichos menores a mantener relaciones sexuales sin protección, propiciando así la contracción de ETS y la concepción de embarazos no deseados.

Otro de los efectos del alcohol en menores consiste en provocar una gran alegría y satisfacción al principio para después provocar una visión borrosa y dificultades en cuanto a coordinación, ya que las células no lo pueden detener y esto hace que se expanda por toda la sangre. Esto suele llevar a la pérdida de consciencia, y, si el consumo es mayor, podría provocar la muerte por medio de un paro cardiorrespiratorio o la asfixia, por el vómito. Estos efectos no son inmediatos sino que tardan entre treinta y noventa minutos en aparecer, durante este tiempo el azúcar en sangre se reduce y eso provoca debilidad en el organismo. 

Para evitar todo esto, para evitar que más menores ( o mayores de edad) sufran estas consecuencias es necesario prevenir a la población y dar la información sobre este tema a tiempo, es decir, antes de que los menores intenten descubrir por sí mismos los propios efectos de esta sustancia. Y para ello esto debería dejar de ser un tema tabú. No quiero decir que lo convirtamos en un tema de sobremesa para el día que se junte la familia pero sí que no se evite y se trate con naturalidad.

Las estadísticas que se recogen en esta entrada han sido sacadas de las siguientes fuentes:
  • https://politica.elpais.com/politica/2018/02/07/actualidad/1518009944_856749.html
  • https://www.msssi.gob.es/campannas/campannas11/alcoholenmenoresnoesnormal/sabias.html
  • https://www.abc.es/espana/madrid/abci-donde-compran-alcohol-menores-20161110020_noticia.html
  • https://cadenaser.com/ser/2014/03/05/sociedad/1393989209-850215.html