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Llegué aquí una fría madrugada de diciembre. Los primeros libros que llegaron a mis manos me mostraron la magia de la imaginación y la belleza de las palabras. Más tarde, despertaron en mí la necesidad de plasmar éstas en nuevos relatos. La música me enseñó otra forma de ver la vida y, aunque no sé cantar, disfruto mis ratos libres escuchándola. Estas tres pasiones y disfrutar con la gente que me quiere son los pequeños placeres de mi vida. Me gusta fijarme en los pequeños detalles, ya que son los que le dan un toque personal a las cosas, e intento introducirlos en todo lo que hago, incluidos los relatos. Me gusta andar aunque no sepa a dónde voy o vaya sin rumbo fijo, creo que perderse es una buena forma de conocer otros lugares. Disfruto nadando, aunque no tenga el suficiente tiempo para ello, ni la playa muy cerca. Me considero una persona sencilla, no necesito gran cosa para ser feliz. Me gusta hacer las cosas de manera original, pero no destacar. Y estoy aquí porque necesito sacar las pequeñas ideas que pasan por mi cabeza.

sábado, 2 de mayo de 2015

La decisión

Edurne cogió el bolso y se dirigió hacia la entrada. Llevaba una falda vaquera que dejaba ver sus largas piernas, una camiseta roja, y su larga melena rubia suelta.
- Mamá me voy.
- ¿A dónde?
- He quedado con Leire. Voy a pasar la tarde en su casa.
- Vale, pero no vuelvas muy tarde.
- Vale. - Le respondió Edurne.
Edurne se fue a casa de Leire, su novia. Tocó el timbre y ésta le abrió la puerta.
- Hola cariño - le dijo Leire besándola.
- Hola. ¿Qué tal?
- Bien, ¿y tu?
- Bien, con exámenes- le respondió Edurne.
- ¿Y cómo los llevas?
- Regular, ¿tu cuándo los tienes?
- Después de vacaciones.
Edurne estaba estudiando enfermería y Leire, derecho.
-Cuando acabemos nos vamos a ir tu y yo una semana por ahí, -le propuso Leire, -¿te apetece?
- Vale.
Leire se acercó a Edurne y la besó. Se sentó encima de ella y Edurne la abrazó. Edurne empezó a besarla y a acariciarle el muslo.
- Tengo muchas ganas de estar contigo.
Leire le acarició la mejilla y la besó.
- ¿Sabes cuánto van a tardar tus padres? - Le preguntó Edurne.
- Aún les queda un rato. - Contestó Leire besándola.
Edurne bajó la persiana y se quitó la camiseta. Leire cerró la puerta y  se quitó la suya. Estuvieron besándose y acariciándose un rato. Leire se tumbó en la cama y Edurne se sentó encima besándola. Leire acarició la espalda y el pelo. Le tocó el culo y los muslos mientras se besaban. Después de un buen rato, Edurne se fue.
- Me voy mi amor - se despidió. -Mañana nos vemos.
- Vale. - Le dijo Leire y la besó.
Edurne recogió sus cosas y Leire le acompañó a la puerta. Se besaron y se fue. Era tarde y de noche. No había nadie por la calle. Echó a andar y poco después se dio cuenta de que un hombre la seguía.
- ¿Dónde vas guapa? -Le preguntó aquel hombre.
Decidió ignorarlo.
-Te haces la dura ¿eh, bonita? - Le dijo riéndose. - ¿Por qué no te paras un ratito a hablar conmigo, preciosa?
Edurne empezó a andar más rápido.
- Pero no corras guapa. - Le pidió. - Si yo sólo quiero que juguemos un ratito.
Edurne no le hizo caso. El se acercó a ella y la cogió del brazo.
- Suélteme. - Le ordenó ella.
- ¿Cómo te voy a soltar, bonita? - Le dijo cogiéndola por la cadera.
Edurne intentó quitarse sus manos de encima,  pero él empezó a reírse y a tocarla.
- Apártese.
El hombre empezó a desnudarla mientras ella intentaba que no lo hiciera.
- Déjeme.
El no le hizo caso y la violó.
- ¡Déjeme! ¡Ayuda! ¡Ayuda por favor!
Aquel hombre se fue unas horas después, dejándola allí, sola y desnuda. Edurne consiguió alcanzar su teléfono y llamó a su madre.
- Mamá - alcanzó a decir.
- Edurne, ¿dónde estás?
- Mamá.
- ¿Estás bien? - Le preguntó preocupada.
- No.
- Edurne ¿dónde estás? - Le preguntó aún más preocupada.
Edurne miró a su alrededor.
- Hay... Edificios altos... Un bar... Estoy... En un callejón.
- ¿Estás cerca de la casa de Leire?
Volvió a mirar a su  alrededor.
- Edurne. - La llamó su madre.
- Un... poco.
- Voy a buscarte.
Su madre fue con el coche a  buscarla, muy preocupada. Estuvo buscándola un par de horas. Su marido la llamó.
-¿Dónde estáis? - Le preguntó refiriéndose a Edurne y a ella.
- Edurne me ha llamado para que vaya a recogerla a casa de Leire.
-¿A estas horas?- Le preguntó extrañado.
- Sí, no parecía estar muy bien.
- Te acompaño.
Ella pasó a por él con el coche y se fueron a casa de Leire. La encontraron a mitad de camino tirada en la acera.
- Mira, ahí está. - Dijo su madre.
Se acercó a ella y vieron que estaba desnuda.
- Edurne - le dijo su madre abrazándola.
- Mamá. - Alcanzó a decir.
- ¿Qué te han hecho, hija? - Le preguntó su padre.
La llevaron al hospital. Entró por urgencias, le curraron las heridas que se había hecho forcejeando y le hicieron un reconocimiento médico. Le pusieron un suero y la subieron a la habitación.
- Mamá.
- Estoy aquí, dime.
- No te vayas.
- No, tranquila.
Esa noche la pasó en el hospital.

Edurne estuvo dos meses con náuseas y sin que le bajara la regla. Decidió volver al hospital.
- ¿Cómo estás? - Le preguntó la médica, que sabía lo que le había pasado.
- Mejor, pero tengo náuseas.
- Vamos a hacerte unas pruebas.
- ¿Qué tipo de pruebas? - Preguntó su padre.
- Queremos saber a qué se deben esas náuseas, si esto le puede causar algún problema psicológico, si le ha transmitido alguna enfermedad,...
Su padre asintió con la cabeza. Edurne se sometió a las pruebas unos días más tarde.

Dos semanas después fue con sus padres al hospital a recoger los resultados. La médica entró con los informes en la mano.
- A ver Edurne tengo una noticia buena y otra... que... bueno, en tu caso supongo que no será buena.
Edurne y sus padres se alarmaron.
- La buena es que no te ha transmitido ninguna enfermedad,... La mala es... que estás embarazada.
Se le vino el mundo abajo. "Embarazada" , esa palabra le retumbó en su cabeza. "Embarazada", "un bebé", con sólo diecinueve años.
-¿Qué quieres hacer? - Le preguntó la médica.
Esas palabras la trajeron de vuelta a la realidad.
-No lo sé. -Respondió Edurne.- ¿Tengo que decidirlo ya?
-No. Tienes hasta los tres meses para decidirlo. - Le dijo la médica. - Piénsatelo con calma, es una decisión muy importante.
Edurne asintió con la cabeza, y se fueron a casa.

Leire fue a verla esa tarde.
-¿Cómo estás? - Le preguntó abrazándola.
- Bien - le respondió. - Me han dado el resultado de las pruebas.
-¿Y qué tal?
A Edurne le cambió la cara, estaba muy seria.
-Estoy embarazada.
Leire se quedó muda.
- Y no sé qué hacer. - Añadió Edurne.
- Hagas lo que hagas sabes que te voy a apoyar.
- Gracias.
-¿Qué te han dicho tus padres?
- Nada. La médica me ha dicho que tengo tres meses para pensarlo.- Se hizo el silencio. -¿Tu qué harías?
- No lo sé.- Le respondió. -¿Sabes que un bebé te va a cambiar la vida, no?
- Sí.- Le respondió.- Soy consciente de ello. He pensado en... En todo, si podré seguir estudiando, si podré mantenerlo,... Sería más fácil no tenerlo y seguir con mi vida normal pero... No sé si podría.
- Haz balance - le aconsejó. - Piensa en lo que tienes y lo que tendrás cuando nazca.
- Tendré que dejar el instituto, o al menos por un tiempo.
- Que pierdas el curso es lo de menos.- Le dijo Leire. - ¿Te ves preparada para ser madre?
- No.
- ¿Te ves con un bebé ahora mismo?
- No.
- Pues...- le contestó - tienes dos opciones. Piénsalo bien Edurne, esto es serio.
- Lo sé.

¿Qué debía hacer?¿Renunciar a su futuro hijo?¿Olvidar esta traumática experiencia y seguir con su vida como hasta entonces?¿Dejar atrás su juventud para convertirse en madre?¿Podría seguir estudiando si lo tuviera? Dudas. Demasiadas dudas. Esta noticia lo cambiaba todo.

Después de unas semanas meditando y reflexionando, decidió abortar. Habló con Leire esa misma tarde.
- ¿Has tomado ya una decisión?
- Sí. Voy a abortar. - Le comunicó.
- ¿Se lo has dicho ya a tus padres?
- No, aún no.
- ¿Cómo crees que se lo tomarán?
- Bien. - Le respondió. - Yo creo que me van a apoyar.
- Yo creo que también.- Le dijo Leire.- Edurne, quiero que sepas que yo voy a seguir contigo pase lo que pase.
- Lo sé mi amor. - Le dijo y la besó.

Edurne se fue a su casa más tarde y, cenando, les comunicó su decisión a sus padres:
- Papá, mamá - les dijo - voy a abortar.
-¿Estás segura?
- Sí. -Le respondió.- Lo he pensado mucho y sí.
- Pues en cuanto podamos te cogemos cita con el médico.
- Vale. - Le respondió Edurne asintiendo con la cabeza.

Al día siguiente, por la tarde, cogieron cita por internet. Leire fue a verla más tarde.
- ¿Cómo estás? -Le preguntó y la besó.
- Bien. - Le respondió Edurne abrazándola.
- Voy al médico pasado mañana.
- ¿Cómo se lo han tomado tus padres?
- Bien.
Edurne la abrazó y la besó. Leire la abrazó también y se estuvieron besando. Edurne le tocó el culo y se quitaron las camisetas. Subieron a la cama, se quitaron los sujetadores y se estuvieron besando. Edurne la abrazó y le acarició la espalda mientras Leire le apretaba el culo y le tocaba los muslos. Se quitaron los pantalones y siguieron besándose y tocándose un buen rato.
-¿A qué hora vas pasado? -Le preguntó Leire a Edurne refiriéndose al hospital.
- A las once - le respondió moviéndose y tocándole el culo.
-¿Quieres que te acompañe?
-Vale. - Le dijo besándola.
Edurne empezó a moverse encima de ella mientras la besaba, y Leire siguió acariciándola.

Dos días después, Edurne se fue con sus padres y Leire al hospital. Allí le practicaron un aborto, y al día siguiente pudo irse a casa.
- ¿Cómo estás? - Le preguntó Leire.
- Bien - le respondió Edurne sonriendo, y la besó.
Edurne le pasó la mano por el hombro y se fueron del hospital.

martes, 31 de marzo de 2015

Maldito alzheimer

Llegué a la residencia a media tarde. Iba casi todos los días a verla.
- Hola abuela.- Le dije.
- ¿Quién eres?
Otra vez. Otro día más. Es difícil, es muy difícil.
- Soy Ainara -le digo-, tu nieta.
No, hoy no. No me reconoce, cada vez son menos los días en que se acuerda de mí.
Me mira como si quisiera acordarse, como si me estuviera examinando...pero no, hoy no he aprobado, hoy no se acuerda de mí.
- Soy la hija de Sandra, ¿te acuerdas de ella?
Se queda pensativa y, por un instante, parece que recuerda.
- ¿Sandra?-Me pregunta.
- Sí.-Le respondo animada.-Tu hija mayor.
- ¿Tengo una hija?
Falsa alarma, no la recuerda.
"Maldito alzheimer", me digo para mis adentros, "me está quitando a mi abuela".
-Sí, tienes dos hijas - le digo sacando el álbum de fotos de mi mochila.
Lo abro y busco una foto de mi madre y mi tía con ella.
- Mira.- Le digo mostrándole la foto.- Ésta es Sandra, mi madre - la señalo-, y  ésta es Ana, mi tía.- La señalo también.
Ella las mira, las vuelve a mirar,...pero nada. El médico dice que está en un estado de alzheimer muy avanzado. Yo intento ayudarla, intento que haga memoria, pero no es tan sencillo.
- Éste era el abuelo - le digo mostrándole una foto. Mi abuelo falleció antes de que ella enfermara - Rubén. ¿Te acuerdas de él?
Mi abuela toca la foto y la examina.
- Rubén - dice.
-¿Le recuerdas?
Mira la foto, la acaricia, pero niega con la cabeza. No, tampoco de él se acuerda. Yo sigo pasando páginas y enseñándole más fotos. Estamos en el jardín de la residencia, sentadas en un banco.
-¿Tienes calor? ¿Te quito la chaqueta? -Le pregunto. Asiente con la cabeza y empieza a quitarse una manga.-Espera que te ayudo.- Le quito la chaqueta y se la coloco en el respaldo de la silla. Me vuelvo a sentar y cojo el álbum. - ¿Te acuerdas del abuelo?
-Sí-me contesta-¿dónde está?
- Murió, abuela.- Respondo después de unos minutos.
-¿Cuándo? -Me pregunta.
- Hace cinco años.
-¿Y por qué nadie me lo dijo?
- Estabas en el hospital - le respondo. -Te enteraste la primera.
- Ah.-Se queda callada. -¿Cómo están tus padres?
- Bien.
Seguimos pasando páginas,  y llegamos a una foto en la que salimos todos los primos con ella.
- Mira, ¿sabes quiénes son? -Le pregunto. Mi abuela examina la foto.
- Ésta eres tu - me contesta señalándome en la foto.
- Sí, ¿conoces a los demás?
Vuelve a mirar la foto.
- Ésta soy yo - se señala en la foto. -¿Ésta es tu hermana?
-Sí.-Le respondo.
Ha acertado pero no sé si es porque se acuerda o porque mi hermana se parece mucho a mí. Vamos a salir de dudas.
-¿Sabes cómo se llama mi hermana?
Mi abuela lo piensa.
-No - me contesta- ,¿ésta es tu otra hermana?
Ahora señala a mi prima, que se parece mucho a mí y tiene un año menos que yo. No recuerda a mi hermana, lo ha dicho porque nos parecemos.
- Ésta es mi hermana- le digo señalándola -, Sofía. Y ésta, mi prima- la señalo-, Cristina.
Mi abuela las mira.
- Y éste es mi primo Adrián.- Le digo señalándolo. -Cristina y Adrián son los hijos de Ana.
-¿Y ellos? - Señala a mi padre y a mi tío.
- Julián y Daniel.- Le digo. - Éste es Julián-le señalo-, mi padre,  y éste, Daniel, - le señalo - mi tío.
Mi abuela mira las fotos de nuevo.
- Pero, ¿yo los conozco?
- Sí. Han estado muchas veces contigo. - Le respondo.- En navidades, cumpleaños, domingos, fiestas,...
- No los recuerdo. - Responde triste.
Seguimos pasando páginas, viendo más fotos, y sigo explicándole quién es cada uno los que salen en las fotos y que parentescos les unen con ella. Pero no los recuerda.
- Bueno abuela me tengo que ir. - Le digo mirando mi reloj, son las ocho. - Nos vemos mañana. - Me despido, y le doy un beso.
Ella cierra el álbum y yo lo guardo.
- Adiós Ainara. - Me despide.
Sonrío y le doy otro beso.
- Te quiero abuela, hasta mañana.

jueves, 26 de marzo de 2015

Pero no cambió nada

Y se quedó allí. Sentada, esperando que algo pasara, pero no pasó nada. No cambió nada, ni los días se volvieron menos grises ni sus ojos menos oscuros. Ni siquiera la lluvia cesó. Estaba sentada en la acera, con la mirada perdida, pensando. Pensando en todo, y en nada a la vez.

No llevaba paraguas, pero tampoco quería llevarlo. Quería sentir la lluvia, su olor, las gotas por su cara,...No quería volver a casa, solo estar a solas consigo misma, encontrarse, entenderse. Relajarse y dejar de oír, aunque fuera tan solo por un segundo, esa voz en su cabeza que le daba vueltas a todo. Esa voz que no paraba de hablar y de chillar. Esa que a veces se volvía asfixiante, y le repetía una y otra vez todos sus grandes errores.

Respiró hondo y cerró los ojos. Dejó la mente en blanco, era como si estuviera viendo un folio o un lienzo en blanco. Y no quería pintarlo, solo mirarlo y relajarse. Olvidarse del mundo, de la gente, de los problemas, de las obligaciones,... Olvidarse de todo, de todos, y relajarse.

Era como abrir un paréntesis, como entrar en una burbuja personal en la que aislarse del mundo. En la que poder pasar unos minutos a solas, sin gente, sin ruido.

Las gotas de lluvia le resbalaban por sus mejillas, por su pelo; otras caían directamente por sus rodillas y piernas hasta caer por sus pies. No llevaba el móvil, solo sus llaves en el bolsillo de sus vaqueros.
No había nadie por la calle, y se estaba calando, se estaba calando hasta los huesos. Pero hacía calor, y no tenía frío.


Se quedó allí un buen rato. Las nubes se volvían más grises y sus ojos más oscuros, más hundidos, más tristes y apagados. Estaba cansada. Era como si todo hubiera terminado de repente, como si tuviese que pasar algo que nunca iba a llegar, como ver una película y que en el último momento se vaya la luz y te perdieras el final, como si no te leyeras el último capítulo del libro o no vieras el final de una serie que has seguido durante meses o años.

 
Y esa lluvia representaba eso, ese final que no llegaba o que era inesperado. Era como luchar por algo y cuando crees que va a pasar algo increíble e impresionante, no pasa nada. Y tu te preguntas ¿ya está?¿esto es todo?¿no hay más? Y te das cuenta de que no, no hay más. Se acabó. Sigue lloviendo, pero no, ya no hay nada.


Seguía sentada, pero no sentía nada, solo la lluvia, las gotas que le resbalaban por sus mejillas.

jueves, 29 de enero de 2015

¿Son los cuentos sólo cuentos?

Sé que hace más de un año que no escribo, y pido perdón a mis lectores por ello (es lo que tiene el bachiller).
Hace poco estuve leyendo cuentos infantiles para leerle a mi sobrino y me he dado cuenta de que en la mayoría de cuentos es el hombre/príncipe el que salva a la mujer/princesa. Y es curioso porque incluso cuando éstas son las protagonistas son ellos los que quedan como "héroes".
Tal vez es porque suelen ser cuentos antiguos y antiguamente se pensaba que el hombre era el "príncipe valiente" que lucha contra los dragones, despierta a la princesa con un beso; el leñador que salva a la pequeña Caperucita y a su anciana abuelita del lobo feroz, la bestia que salva a la frágil Bella y a su anciano padre, el que  pone fin a esa desagradable vida de Cenicienta como criada de su madrastra y sus hermanastras...En fin, que era ese hombre perfecto y valiente que siempre protege y salva a la princesa.
Pero, ¿y si ese "príncipe" no es valiente (es un cobarde al que le dan miedo las alturas), no sabe besar (o le huele el aliento), no tiene fuerza para levantar un hacha (o tiene miedo del lobo), es demasiado bruto (o tiene complejo de fealdad y no quiere salir a la calle),le da miedo enfrentarse a "su suegra y sus cuñadas" o prefiere otro príncipe (algo que sería totalmente normal y respetable) en vez de una princesa?
¿Si alguna de estas princesas o protagonistas femeninas (Fiona, la Bella Durmiente, Bella, Caperucita y su abuelita, Cenicienta,...) hubiesen sabido que darían con un príncipe así, seguirían esperándole?¿O hubieran despertado, escapado hacia el pueblo, matado al lobo, denunciado a la madrastra o incluso buscado a otra princesa como ellas con la que compartir ese "fueron felices y comieron perdices" (a todo esto, ¿por qué perdices? Si son cuentos para niños podrían comer cosas como los niños: macarrones, carne empanada, incluso tarta para tener un final "dulce")?
Esto son solo cuentos pero, ¿y en la vida real?¿hoy en día seguimos pensando que debería ser así (en otros contextos por supuesto)?
Os voy a dejar un micro relato(ficticio y de mi cosecha, por supuesto) para reflexionar sobre el tema:

Había una vez una niña llamada Anais. Anais tenía un hermano pequeño llamado Roberto.
Un día Roberto se perdió en el bosque y todos marcharon a buscarlo. Anais se quedó con su abuela en casa porque sus padres no querían que se perdiera ella también, pero poco después de que se fueran ésta cogió su mochila y la llenó con una manta, comida, agua y su linterna.
Fue en busca de Roberto y, después de unas cuantas horas, lo encontró en un bosque sólo con miedo y frío. Anais le puso una manta por encima y lo abrazó.
Justo cuando se disponían a volver a casa apareció un lobo e intentó atacarlos.
Anais se puso delante de Roberto y ambos caminaron hacia atrás muy despacio, sin mirarlo, hasta salir del bosque.
Una vez fuera, el lobo desapareció de sus vistas, y ellos se marcharon a casa.


No está mal que un hombre ayude o "salve" a una mujer, pero no hay porque esperar a que lo haga, cualquiera puede ser un héroe o una heroína. Y los cuentos infantiles, aunque sean antiguos, siguen siendo para niños y niñas, no hay que educarlos bajo el ambiguo estereotipo del hombre que salva a la mujer y la mujer que espera ser salvada por el hombre, porque entonces seguiremos potenciando unos valores machistas.
¿Se es menos princesa por salvarse a si misma y no esperar a que "otro" lo haga? ¿No puede una princesa salvar a un príncipe?¿Se necesita, de hecho, ser princesa para ser protagonista de un cuento o historia?¿Es necesario que haya un príncipe y una princesa, o pueden haber dos príncipes o dos princesas?¿No dicen que "siempre triunfa el amor"?

Y, centrándonos en la última parte de esta historia, ¿es necesario acabar un conflicto con violencia e incluso con la muerte? ¿Debe el lobo ahogarse en el río después de que le saquen a los cabritillos de su interior?¿Debe el leñador matar al lobo feroz?¿No estamos potenciando la violencia con estos finales? Se dice que los cuentos acaban con "un final feliz" ¿deberíamos considerar éstos (los que hemos mencionado anteriormente) unos "finales felices" teniendo en cuenta que algunos personajes encuentran la muerte en ellos?¿Debemos ser tan extremistas con los antagonistas de estos cuentos, es  decir, deberían acabar muertos? Estos finales, ¿incitan la violencia en nuestros niños y niñas?

¿Son los cuentos simples entretenimientos para nuestros niños y niñas, o pueden llegar a ser conductas y modelos a seguir? Y en caso de que fueran "modelos a seguir" ¿serían adecuados?¿serían algunos algo antiguos para la sociedad en la que vivimos?¿deberíamos, quizás, cambiar algunos matices de estos cuentos tradicionales o sería mejor inventar algunos nuevos? Y si nos los inventáramos, ¿deberíamos dar de lado a los cuentos tradicionales o simplemente combinarlos con éstos más actuales?
Piénsenlo antes de narrar sus próximos cuentos.

domingo, 27 de octubre de 2013

Memorias de una loca

Hoy, tras un fin de semana, vuelvo a mi trabajo, la residencia de ancianos. Están todos igual, bueno la mayoría un poco más contentos de lo habitual. Estamos a mediados de diciembre y a la mayoría de ellos se los llevan sus familias a sus casas para pasar las Navidades.
Voy entrando por los pasillos y se van despidiendo de mí y del resto de mis compañeros. Los ancianos se van yendo y las habitaciones van quedando vacías. Algunos de mis compañeros preparan sus equipajes, ellos también cogen sus vacaciones. Unas horas más tarde, la residencia queda casi vacía, apenas quedamos siete u ocho ancianos, mis dos compañeros y yo. Begoña prepara las camas, mientras que yo limpio las estancias y Jóse prepara la comida. Las mañanas son más entretenidas; limpiamos, aseamos a los abuelos (que es como prefieren que les llamemos), preparamos las comidas, les ponemos la medicación a los que la necesitan, nos sentamos con ellos un rato,... Por las tardes aprovechamos para descansar un poco mientras algunos duermen la siesta, otros juegan al parchís...

Esta tarde me toca a mi sola, Jóse tiene la tarde libre y Begoña se ha ido a comprar los  alimentos y el material sanitario que nos falta. Está todo hecho, sólo tengo que esperar por si alguno de ellos necesita algo, así que me siento en un sillón ha hablar con algunos de ellos. Levanto la vista y ahí está otra vez, Paula. Está sentada junto a la ventana. Parece que observa algo a través del cristal, pero no, no observa nada. Tiene la mirada perdida, y mientras, se balancea en su mecedora. Dicen que está loca, porque cuenta historias raras y porque se pasa los días sentada en su mecedora enfrente de la ventana con la mirada perdida. Yo la escucho, pero a veces no se si creer lo que dice. Me siento a su lado y le pregunto cómo está hoy. Me contesta que bien, y empieza a contarme una de sus historias:
-Tenía veinte años, toda la vida por delante. Pero se enamoró, se enamoró de un hombre casado. La trataba bien, hablaba con ella, le llevaba flores,...Estaba muy enamorada, llevaban tiempo saliendo y quería presentárselo a sus padres. Esa tarde quería darle una sorpresa, quería que fuera diferente y apareció en su casa. Tocó el timbre y subió. No le dio tiempo a esconderse y los pilló en el sofá. Llevaba bolsas con comida china, a él le encantaba. Nada mas verlos se le cayeron al suelo. Rompió a llorar y se fue. No volvió nunca.

Cuando termina, otro grupo me llama para que eche una partida al cinquillo con ellos. Yo lo hago, y termino quedándome la séptima, de diez, no es que sea muy buena, lo reconozco. Ellos se ríen y se enzarzan en alguna pequeña discusión, algo que enseguida termina en otra partida. Más tarde preparo las medicinas para ellos, y se las administro. Los aseo y les preparo la cena. Tortillas francesas, pan, ensaladas, pescado azul, algo de pasta,...Les reparto las bandejas, y me pongo a cenar con ellos.
-¿Tienes alguna otra historia?-Le pregunta Laura a Paula.
-Sí-contesta, y se dispone a relatarla- Fue al parque, siempre se veían allí. Se arregló, se puso su mejor vestido, se maquilló, se peinó,...Estaba guapísima, más que nunca, y mira que ella siempre iba guapa. Esperó, esperó. Llegaban parejas, se iban; llegaban niños, pasaba gente, vendedores ambulantes,...y así horas y horas. Miraba su reloj una y otra vez, y no llegaba. Nunca llegó, fue varios días a la misma hora, se sentaba y volvía a esperar durante horas, pero nunca llegó.

Pasa el tiempo contándonos sus historias, todas de amores que acaban en tristeza, entre llantos de sus protagonistas. No sabemos si se basan en hechos reales o si es ella una de sus protagonistas, sólo sabemos que están llenas de amor, melancolía,... también vemos cómo al relatárnoslas, sus ojos azules se tornan brillantes y sus largas pestañas dejan que unas pequeñas gotitas, llamadas lágrimas, asomen entre ellas; para acabar trazando estrechos ríos que discurren por sus mejillas.
Estos relatos son, para el resto de ancianos, como la televisión para nosotros. Ya que Paula les relata, como mínimo, dos al día.
-La quiso, la quiso mucho. Tanto que hizo de ella su mundo, siempre estaba pensando en ella. Pero era un cobarde, y no se lo dijo nunca. Tenía miedo de lo que pudiera pensar, y no quería perderla. Intentaba ayudarla en todo, estar siempre ahí. Ella se enamoró de otro, y corrió a contárselo. En un primer momento, sintió que un puñal le atravesaba el corazón, pero no se lo dijo. Al contrario, la felicitó. Unos años después le dijeron que se iban a casar, y le pidieron que fuera su padrino. El aceptó. Ayudó al novio a vestirse el día de su boda. Éste le preguntó si alguna vez había sentido algo por ella, y él le contestó que sí. "Siempre la amé", le dijo, "pero nunca me atreví a decírselo". Por eso le pidió que valorará la suerte que tenía y que la cuidará. "Quiérela tanto como puedas" le dijo "y no le hagas daño. Tampoco dejes que nadie le haga daño, y valórala siempre" le pidió. Ella se casó y él se resigno a darles su enhorabuena, un par de besos y un amistoso apretón de manos.

Termina mi turno y me despido de todos ellos, "hasta mañana" les digo. En ese momento llega Bego, le toca la noche. Le doy dos besos despidiéndome de ella y me voy a mi casa. Dejándola allí con "los abuelos", como a ellos les gusta que les llamen.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Un trágico accidente

-¿Falta mucho?- P.
-No, enseguida llegamos.- Me contestó mi madre, Paloma.
-Jo, esta muy lejos.- Protesté. - Me aburro.
-Anda Sara ponte los cascos, -me sugirió Aitor, el novio de mi madre-así se te hará más ligero el viaje.
Yo me puse los cascos y subí el volumen de la música. Me encontraba absorbida por ella, cuando un camión que venía en dirección contraria descarriló y se metió en nuestro carril. Aitor intentó esquivarlo, pero no pudo.
Tuvimos un accidente. Chocamos contra el coche que venía de frente. El conductor de este vehículo se bajó enseguida y sacó al novio de mi madre, Aitor, y a mi madre del coche. Los apartó de la carretera y colocó los triángulos de emergencia. Yo me quedé en el coche. Paralizada, debido al impacto que había causado en mi el accidente. Él llamó a una ambulancia, que enseguida llegó. Entonces se dio cuenta de yo estaba aún dentro del coche, y con ayuda de un sanitario que iba en la  ambulancia, consiguió sacarme. Nos trasladaron al hospital. Yo no podía hablar, no tenía ni ganas ni fuerzas para ello.
A Aitor y a mi madre los llevaron al quirófano, estaban muy mal. A mi me hicieron unas pruebas y me subieron a planta. El médico inspeccionó el móvil de mi madre buscando algún contacto al que avisar de lo sucedido, llamó a mi tía  Sofía, la hermana de mi madre. Mi tía llegó enseguida acompañada de mis abuelos, y nada mas pisar el hospital subieron a mi habitación a verme. Al verla le pedí que me diera un abrazo, un abrazo que, por supuesto, no me negó. Yo tenía nueve años, y mi tía dieciocho. Era dieciséis años menor que Paloma, mi madre. Para mi, su edad era una ventaja, porque me entendía mejor que ella.
Mi padre llegó unos minutos después, mi abuela le había llamado. Saludó a todos y se acercó a mí. Me dio un beso y un abrazo mientras me preguntaba cómo estaba. Cogió una silla y no se apartó de mi lado. A las ocho llegó una enfermera diciendo que el turno de visitas había acabado y que debían marcharse. Al salir, una vez en el pasillo, mi padre le preguntó a la enfermera si podía pasar la noche conmigo.
-Sí,-contestó ella-pero sólo puede quedarse una persona, le traeremos una camilla.
Al rededor de las nueve de la noche subió otra enfermera a traerme la cena, mi padre aprovechó para coger algo para comer del comedor del hospital, y enseguida subió ha hacerme compañía. Mis abuelos y mis tíos se fueron y nos quedamos los dos solos. Cenamos y hablamos. Mi padre me contó un cuento para que me quedase dormida y me dio un beso en la frente.
Cuando desperté, las bandejas de la noche anterior habían sido sustituidas por otras dos bandejas que contenían un vaso de leche, un café, un zumo de naranja y dos tostadas. Me incorporé y pude oír cómo caía el agua de la ducha. Diez minutos después, mi padre salía del aseo.
-Buenos días cariño- me dijo dándome un beso.
-Buenos días-le contesté. Y mirando las bandejas le pregunté-¿qué es esto?
-He bajado al comedor y he subido dos bandejas para que desayunemos juntos-me explicó-¿te apetece?
Volví la vista a las bandejas y empecé a beberme la leche y a devorar las tostadas .Mi padre interpretó bien mi gesto y también hizo lo propio con su café y sus tostadas. Y siguiendo con estos gestos, devoramos el resto de desayuno que había en la bandeja.
-¿A qué hora has llegado esta mañana?-Le pregunté.
-He dormido aquí-me contestó.
-¿Pero tú no tenías que ir a trabajar esta mañana?-Pregunté extrañada.
-Sí, pero he llamado al trabajo y les he dicho que faltaría unos días-me contestó-.Me voy a quedar contigo hasta que te recuperes.
Y así fue, la semana que estuve en el hospital mi padre se quedó conmigo. Yo preguntaba todos los días por mi madre, y mis abuelos, que venían todas las mañanas, me decían que ella y Aitor seguían en observación, en un estado muy débil. Ambos fallecieron dos semanas después. Yo me quedé otras dos semanas, estuve en el hospital un mes en total. Un mes en el que mi padre también vivió allí, ya que, después de trasladar allí sus cosas y su ropa desde su casa, no consintió dejarme sola. Pasaba conmigo todo el día, excepto cuando iba a trabajar, pero siempre iba y venía directo del hospital al trabajo y viceversa.
El día que me dieron el alta, mientras estaba esperando a mi padre, pude oírle hablando con mis abuelos maternos en el pasillo.
-Miren, se que la custodia de Sara la tenía Paloma, pero ahora que ha fallecido, me gustaría ser yo el que me encargue de ella.
-Llevas razón.-dijo mi abuela-Se quedará contigo, es lo propio.
Mis abuelos y mi padre entraron en mi habitación, me saludaron y me fueron dando abrazos y besos, además de felicitaciones porque ya me iba. Mi abuela me ayudo a asearme y a vestirme, mientras mi padre recogía todas mis cosas; y una hora más tarde ya estábamos saliendo del hospital.
Nos subimos todos al coche de mi padre, que se ofreció para llevar a mis abuelos a su casa, una vez allí me despedí de ellos. Mi abuela le dio las llaves de mi casa y fuimos a recoger todos mis objetos personales.
Al entrar me fui corriendo a mi cuarto, y mi padre me ayudó a hacer las maletas con toda mi ropa, a recoger mis juguetes, mi bolsa de aseo y algunas otras cosas. Cuando todo estaba preparado en la entrada, volví a mi cuarto para ver si me había dejado algo y vi la foto de mi madre. La cogí y la abrace durante unos minutos. Mi padre vino y me vio abrazada a ella, llorando. Me dio un abrazo por detrás.
-Llévatela. La pondremos en tu habitación, si quieres.-me dijo mientras me apartaba un mechón de pelo que me tapaba un ojo-No tenemos prisa. Puedes darte una vuelta por la casa y coger todo lo que quieras.
-¿Aunque sea de mi madre?-Le pregunté. No sabía si tener cosas de mi madre en su casa le molestaría.
-Sí. Lo que quieras.-Me dijo, y a continuación me explicó-Tu madre y yo estábamos separados, pero ella siempre será tu madre, y tienes derecho a recordarla y a sentir que esta contigo. Si te quieres llevar algo para recordarla o que quieras tener cerca, aunque sea de ella, llévatelo.
Cogí un par de fotos suyas y nuestras, su disco favorito y su perfume. Y me quedé mirando el perfume de Aitor, que estaba al lado del de ella. Mi padre me miró y vio que mi mirada descansaba en el perfume.
-¿Quieres llevártelo?-Me preguntó.
-No -le dije mintiendo. Quería llevármelo, Aitor no era mi padre, pero sí una persona importante para mí. Y mi padre lo supo, supo descifrar mi mirada y darse cuenta de lo que pensaba.
Lo cogió, lo miró, y volviendo la vista en mí me dijo:
-Toma. Llévatelo.- Me lo estaba ofreciendo.-Sé que Aitor ha sido una parte importante en tu vida, y no quiero que le olvides. Hemos venido para que cojas todas tus cosas y todas las que te quieras llevar. Si hay algo que te recuerde a ellos y que quieras tener contigo cógelo, eso es decisión tuya. No pienses en que vivirás conmigo, piensa que estás de mudanza y coge lo que quieras, sea lo que sea, sea de quién sea.-Y me ofreció una caja de cartón vacía para que echará todas las cosas que quisiera llevarme.
Ahí metí todas las fotos de Aitor y de mi madre que habían a la vista, los perfumes de ambos, sus discos, el portátil de mi madre, y todos nuestros álbumes.
Cuando llegamos a casa de mi padre, bajamos todas las maletas y cajas, sacamos todo lo que había en ellas y lo colocamos. Mi padre cogió la foto de Aitor y de mi madre y la puso en la mesita que había al lado de mi cama.
-Así podrás verlos todos los días al levantarte - me dijo.
Le abracé y el se sentó en mi cama, mientras me sentaba en su rodilla. Me rodeó la espalda con su brazo apoyándolo en mi barriga, y con el otro brazo, cogió la foto y me la dio. Yo apoye mi cabeza en su pecho y él me besó en la frente y en el pelo. Dejé la foto encima de la cama y le abracé fuerte, mientras el me besaba de nuevo y me decía: "Te quiero".

viernes, 30 de agosto de 2013

Huellas

En una noche de verano, ahí comienza esta historia.
Una noche de verano, calurosa, pero no demasiado.
El mar, la brisa, la arena de la playa, un cielo lleno de estrellas,...y Laura. Laura caminando descalza por la playa, sintiendo como sus pies se hunden en cada pisada que da, dejando que la arena se cuele entre sus dedos. Arena fría, arena de pequeños granos que acarician sus pies; y un poquito más lejos, delante de ella, el mar. El inmenso mar azul. Tranquilo, apaciguado, con sus olas que vienen y van, que acarician las extremidades de la arena, que besan los labios de la playa con su suave tacto y su delicada humedad, que moja sus orillas.
Laura tranquila, serena, escuchando las olas del mar, cómo unas rompen en los arrecifes y cómo, otras, besan la playa; y mientras, ahí está ella, disfrutando de la brisa marina y dejando sus huellas a orillas del mar, unas huellas que apenas duran unos segundos, los mismos que tarda la próxima ola en alcanzar la costa. De vez en cuando echa la vista hacia atrás para ver cómo las olas se llevan sus huellas, cómo, por mucho camino que hagamos, por muy lejos que lleguemos; nuestras huellas no son eternas, porque, cómo las de los pies de Laura, al final, se borran.
Otra noche más, se viste y se calza sus sandalias, sale a la calle y toma la misma dirección que ha estado tomando estos últimos meses: hacia la playa.
Una noche más cruza un par de calles, baja unas escaleras, y se plata allí, en la playa, enfrente del mar. Se sienta en la arena y observa el mar. Un mar diferente al de otras noches, ya que cada noche, es diferente.
La de hoy es una noche llena de estrellas, y el mar esta más claro que nunca, la luna se refleja en él perfectamente, aparece en el cielo acompañada de toda una corte de estrellas, que la rodean haciéndola sentir que es el centro de atención, que es el centro del cielo; y justo en ese momento, cuando Laura está inmersa en ese paisaje, en el mar; aparece él, Miguel. Miguel aparece por detrás y le pregunta si puede sentarse a su lado, ella responde que sí. Y así transcurre la noche. Ambos sentados uno al lado del otro observando el mar, el horizonte, y hablando sobre ellos mismos. El mar dibujando sus olas y besando la playa mientras ellos lo observan y entablan una conversación, una conversación sobre sus gustos, aficiones,...mientras caminan, caminan por la orilla de la playa, dejando sus huellas juntas, las de uno al lado de las de la otra; y entre palabras y huellas, se les pasa la noche, una noche que ambos acaban con la sensación de que se conocen de toda la vida, pero que, a su vez, quieren seguir conociéndose más.
Y entre tanto conocerse, se pasa el verano y llega septiembre. Un septiembre con sabor melancólico, ya que significa decirse adiós. A Laura le dan una beca para estudiar y decide aprovecharla, así que se marcha.
Su sueño es ser A.T.S. (Auxiliar Técnico Sanitario), siempre ha querido serlo, y debe irse para terminar su carrera. Laura se va, pero Miguel se queda. Debe quedarse porque está trabajando en un bar y no quiere perder su empleo.
Laura comienza un nuevo curso y se centra en sus asignaturas, Miguel y ella pierden el contacto. Poco después de instalarse en su nuevo piso, le manda una carta a Miguel para decirle que está bien y que quiere que sigan hablando. Miguel, ilusionado, le responde y se envían cartas todos los días, contándose todo lo que van haciendo, lo que les acontece,...y todos los detalles de sus nuevas vidas, lejos, el uno del otro.
A Miguel lo despiden porque no hay faena y empieza a sacarse un curso de mecánica. Ambos siguen estudiando y manteniendo el contacto. Miguel debe marcharse a otra cuidad para continuar estudiando y pierde la dirección de Laura. Ella le manda cartas a su antigua dirección, pero no recibe respuesta, ya que él no se encuentra allí y no puede leerlas.
Miguel va cada verano por allí, hasta que un año, Laura aparece. Se reencuentran, y vuelven a quedar. Y una noche verano, una de muchas otras que pasaron juntos, vuelven a la playa, a esa playa que guarda dulces recuerdos. El mar vuelve a besar la orilla, la brisa vuelve a acariciar sus cuerpos, sus pies vuelven a perderse entre los granitos de arena,...pero esta vez, y sólo por esta vez, unas manos se entrecruzan, y mientras los labios del mar besan la orilla, otros labios se besan más profundamente. La brisa ya no es la única que acaricia sus cuerpos, ya que son éstos los que se encargan de acariciarse mutuamente. Las olas del mar rompen en los arrecifes, y su amor rompe en sus bocas, salpicando pequeños besos, unos besos que sí dejarán huella, andemos mucho o poco; unas huellas que quedaran en el recuerdo. Porque las huellas, con el paso del mar, se borran; pero los recuerdos, aunque haya levante, permanecen siempre intactos.